sábado, 7 de julio de 2018

Prólogo. Un misterio en el espacio.




El 4 de enero volvió a ocurrir.
Hacía muchos años que no se repetía uno de los misterios más comentados en Internet. Una vez más, las hipótesis y los rumores se extendieron rápidamente por foros y sitios de todo el mundo, tanto especializados como generalistas.
Desde una zona boscosa y apartada del centro de Europa, esta vez en el cantón suizo de Zug, se produjo una emisión de datos hacia un punto del espacio. 


Todo hubiera resultado normal, hasta cierto punto, si no fuera por el hecho de que algo parecía haber recibido la emisión. Pero nadie era capaz de detectar nada en aquel lugar.
Las fuerzas militares y las agencias de inteligencia de muchos países estaban preocupadas por la posibilidad de que fuese algún programa secreto del enemigo. Un satélite furtivo o algún arma orbital desconocida.
Nada. Ni una imagen, a pesar de que muchos astrónomos aficionados, cazadores amateurs de satélites, lo habían convertido en un reto, en una obsesión en las últimas décadas; ni una señal obtenida por los centenares y aún miles de radares y demás equipos de espionaje que escudriñaban los cielos desde tierra y desde el propio espacio.
Se producían sin seguir ningún patrón conocido. La primera emisión se remontaba a enero de 1987. Y durante décadas se habían captado cerca de una decena más, sin descartar que hubiesen tenido lugar otras no detectadas.
Para aumentar todavía más el misterio que envolvía todo esto, en cada ocasión habían encontrado en el punto de emisión de la señal un aparato bastante avanzado para su época, fabricado con gran precisión. Una caja metálica que contenía un procesador, un dispositivo de memoria, otro para la emisión unido a una antena muy eficiente y un ingenioso mecanismo para destruir cualquier rastro con un potente ácido y para provocar un incendio dentro de la caja, intenso para fundir muchas partes y controlado para que no afectara al bosque circundante. Ni una huella dactilar, ni un número de serie en los componentes. Todo lo que podía haber resultado interesante para un equipo forense había desaparecido.
Una vez tras otra, esos restos eran casi la única prueba de que hubiese ocurrido algo.

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