Primer día.
Lunes, 17 de marzo.
La decisión de viajar a Brasil la había tomado después de que le
concedieran el premio Pulitzer por la entrevista al hacker más
famoso y temido del momento, Phineas root. Era la primera vez
que un periodista había conseguido mostrar el misterioso mundo de un
hacker de élite que había trabajado para gobiernos y empresas, pero
que desde hacía tiempo se había ocultado en el casi infinito
ciberespacio y se había vuelto muy activo, según
afirmaba en la portada de la revista. Tal vez podría juzgarse como
algo sensacionalista, pero lo cierto es que había cautivado la
imaginación de millones de lectores y también hizo famoso a Steven
Forrester de la noche a la mañana. Ya comenzaba a agobiarle toda esa
presión. Así que, en cierta forma, había escapado a Brasil para
tomarse un respiro.
Las calles de la zona sur de Río de Janeiro estaban abarrotadas de
turistas extranjeros y de brasileños de otras partes del país. Un
calor sofocante lo dominaba todo aquellos días de marzo.
Steven paseaba y entró en una cafetería del tipo que le gustaba
tanto. De hecho, tenía un mapa mental de aquellas donde le venía la
inspiración con especial fuerza y en las que había escrito muchos
de sus artículos y bastantes capítulos de sus libros. Una en Praga,
otra en París, un par de ellas de Nueva York, otra en Moscú, dos en
España (una en Granada, donde había estado un año estudiando
español, y otra en La Línea, ciudad fronteriza con Gibraltar, donde
tenía algunos buenos amigos). Su fórmula mágica era constante. Una
cafetería con la atmósfera apropiada y, si era posible, con un poco
de ruido ambiental, con lo que parece que forzaba a su mente a
aislarse, a concentrarse. Un reproductor de mp3 con auriculares que
tenía siempre la misma música, reservada para escribir. Y unas
cuantas tazas de café, hasta que la mente lentamente despertaba a un
cierto estado creativo. Si no llegaba, siempre podía aprovechar el
tiempo leyendo y tomando notas. Ésta de Río se llamaba Croissant
Café. Un sitio de ambiente agradable, camareras amables y buen
café, con hermosas maderas de diferentes tonos.
Sacó de su mochila un ejemplar de la famosa revista Different
World. En la portada aparecía él, sentado en un sillón con una
expresión difícil de catalogar pero que no quedaba mal. Un poster
al fondo, en la pared, con un tipo vestido con una sudadera con
capucha y una máscara de teatro de la que usaban algunos grupos de
hackers en el cine y en el mundo real. A Phineas root no le
hizo mucha gracia, pero aceptó la palabra de Steven de que era un
mal menor para hacer llegar información importante sobre los hackers
reales a la mayoría de la gente. Hojeó la revista y releyó varios
párrafos que estaban entre sus favoritos.
En el último hizo unas marcas con un lápiz. Tres alfas era el
máximo de puntuación que concedía a partes de sus trabajos y a los
de otros autores. Así hacía más fáciles las relecturas y
encontrar párrafos que le habían llamado la atención.
"Steve Forrester —
Phineas, ¿por qué piensas que la mayoría de la gente desconoce la
vida real de los hackers en general y de los hackers de élite en
particular, si me permites usar esta expresión que se emplea
últimamente con frecuencia en la prensa?
Phineas root — En primer
lugar, casi todo lo que conoce el público sobre el mundo de los
hackers es prácticamente mentira o ha sido deformado por la
gigantesca maquinaria de propaganda que son, de hecho, los medios de
comunicación de masas. Otra faceta más de la Gran Mentira. Ni más
ni menos. Esto que digo no se puede etiquetar con esa extraña
expresión que odio particularmente, una “teoría de la
conspiración”, sino que es algo reconocido por la gente que sabe
de lo que habla, porque lo ha investigado o lo ha vivido: periodistas
de investigación, políticos que sólo se atreven a decir algo
cuando se retiran, filósofos, científicos, disidentes,
ciberactivistas, etc.
Quizás suene soberbio, pero yo
no acostumbro a tratar con meras opiniones sin fundamento en mi
"trabajo" como hacker, sino con datos, hechos, indicios,
pruebas, y cuando se ha informado uno en profundidad sobre algo,
puede permitirse opinar, especular con cierta base y tomar decisiones
más apropiadas.
Volviendo a tu pregunta, al
Poder no le interesa que se nos conozca. Sólo fomenta el estereotipo
que ha creado Hollywood o repite en las noticias los casos de los que
se han rendido al lado oscuro de la Fuerza, los crackers o hackers de
sombrero negro, por llamarlos así. Somos algunos de los pocos seres
humanos que quedan realmente libres en este mundo. Nosotros y la
gente sencilla, como los pescadores de alguna isla del Índico o los
pastores en montañas apartadas, si me permites poner algunos
ejemplos exóticos. Esos dos tipos de libertad son los que más me
fascinan: la que está basada en el conocimiento y la que se basa en
la vida simple y natural, que pervive como algo residual, en vías de
extinción. Por desgracia.
Si la gente supiera los genios
increíbles que hay en el mundo, las mentes maravillosas que hacen
cosas sorprendentes, cambiaría su opinión sobre el hacking y sobre
el mundo en el que viven. Que un chico de 15 años pueda estudiar y
saltarse la seguridad de una agencia de inteligencia o que alguien de
20 años encuentre una vulnerabilidad que le permitiría pasearse por
el ciberespacio con total libertad e impunidad durante meses o años
y que la haga pública junto con el parche que la corrige es,
sencillamente abrumador, si se piensa con detenimiento".
Lo cierto es que no se cansaba de leerlo. A veces no lo reconocía
como propio. Phineas root no sólo era uno de los genios más
destacados del mundo del hacking en diferentes campos de la
tecnología, sino que tenía una filosofía de vida capaz de atraer
al público, una mente fascinante. En sus años de actividad había
conocido a mucha gente que tiene cosas que aportar a los demás.
Steve creía que por eso accedió a concederle la entrevista. Quería
acabar con las estúpidas etiquetas tan frecuentes y con prejuicios
sobre los hackers y más aún sobre los hackers de élite o
superhackers. Esta última palabra no le gustaba nada. Y también
impedir en lo posible que tantos jóvenes fueran desviados de los
verdaderos caminos del hacking como pasión por el conocimiento, como
curiosidad por todo, hacia estilos de vida absurdos y artificiales,
estereotipos, vendidos por el cine, que muchas veces terminaban
llevándolos a prisión o convirtiéndolos en informadores sobre sus
compañeros para evitar acusaciones penales.
Mientras observaba a la gente caminando por la calle, las gotas de
lluvia iban cayendo suavemente sobre las ventanas. Se había sentado
cerca de la entrada para que el ruido no le impidiera escuchar las
noticias en el enorme televisor del local. Procuraba seguir los
informativos dos o tres veces cada día cuando estaba de viaje.
Tenían sintonizado un canal brasileño con noticias internacionales.
Un locutor terminó de hablar del tiempo y se dirigió hacia una mesa
para dar las últimas noticias. Sabía el suficiente portugués para
entender lo esencial:
"Desde Europa nos llegan
noticias sobre la desconexión de otra inteligencia articial de una
gran compañía. La séptima en los últimos cuatro meses. Parece
como si una epidemia se hubiese extendido por el mundo. Algunos
especulan con un virus tan sofisticado que todavía nadie ha podido
encontrarlo. El portavoz de la compañía afectada, la británica
“Lantorn Inc.”, un gigante de las telecomunicaciones, mencionó
que su IA había sido desconectada por problemas técnicos, por
realizar acciones no esperadas. A las preguntas de algunos
periodistas sobre la posible relación con los problemas que habían
tenido antes seis proyectos de inteligencia artificial de otras
corporaciones en menos de cuatro meses, respondió visiblemente
nervioso que no tenía nada más que decir".
Forrester era un veterano en estos temas y ya olfateaba la historia
jugosa tras la fachada de los titulares. Intuía que algo muy grave
estaba ocurriendo y lo sentía al menos desde que apareció la
noticia sobre la cuarta desconexión, dos meses atrás. Sin mencionar
que los medios no informaban sobre unas quince o veinte empresas
menores, pero también con gran volumen de negocios, que habían
tenido problemas similares y terminaron desconectando sus costosos
programas de inteligencia artificial. Lo que se veía tenía todo el
aspecto de ser sólo la punta de un gigantesco y misterioso iceberg.
Su viejo móvil sonó. Aparecieron en la pantalla azulada el número
y el nombre de Joao Freitas, uno de los mejores amigos que tenía en
Brasil y también su más fiable confidente. Era dueño de la empresa
Rio Electronics, que se dedicaba a comprar
material electrónico en subastas. Pero la mayor parte de su negocio
era destruir de forma segura material de oficina del gobierno y de
empresas importantes, vendiendo los materiales que podía recuperar.
En sus contratos incluía cláusulas muy severas sobre la más
estricta confidencialidad y en las que se comprometía a mantener la
cadena de custodia en todo momento, desde la recepción de los
equipos hasta el tratamiento adecuado de las partes que podían
contener información sensible.
Aunque Phineas root, su amigo y mentor en asuntos de seguridad
le había aconsejado usar un móvil diferente en cada viaje, no podía
deshacerse del viejo porque su amiga Marcela le dijo que lo llamaría.
No era nada serio, pero quién sabe lo que podía ocurrir esta vez.
Era una mujer muy dulce y atractiva. O al menos a él se lo parecía
y eso era lo importante. La había conocido en una fiesta del
Consulado General de Francia en Río, dos años atrás. Y además, el
número de ese móvil lo tenían todos sus amigos y contactos.
—Hola, Steve —dijo el brasileño con una voz que le sonó rara.
—¿Qué pasa, Joao? ¿Todo bien?
—Pues verás, tengo algo para ti. Desde que hablamos hace unas
semanas y te dije que algo extraño estaba en marcha aquí, ha pasado
algo increíble. Llámalo causalidad. Creo que es muy
importante, sobre gente poderosa, sobre tus amigos. No quiero
decirte nada más por teléfono. Vente para acá lo antes posible.
Son las 7:30. Cierro a las 8:30, pero te espero el tiempo que haga
falta.
—Salgo ahora mismo, amigo —le aseguró Steven, poniéndose en
marcha mientras cortaba la comunicación.
Cogió la mochila con la funda que protegía el portátil, la antena
y la caja negra a la que conectaba ambos. Pagó y salió a la calle.
Llamó un taxi y en unos diez minutos paró a dos calles de la
empresa. Había adquirido esa costumbre por seguridad, para no
comprometer a sus fuentes. Le dió una buena propina al taxista y
comenzó a caminar rápido con la mochila al hombro mientras miraba
el reloj. Las 7:45 de la tarde. En poco tiempo llegó frente a Rio
Electronics y tocó el timbre, mirando hacia el interior del
local...
Joao ya lo había visto y venía a su encuentro. De unos 40 años,
con la camisa blanca arremangada y el nudo de la corbata aflojado.
Era un buen tipo, un profesional respetado en su campo y un amigo del
que Steve se podía fiar totalmente. Y eso, en el mundo del
periodismo, era un regalo. De hecho, lo era en todas partes.
—Hola, amigo mío. Te he llamado al móvil porque no sabía dónde
encontrarte. Espero no haber metido la pata.
—Me alegro mucho de verte, Joao. En absoluto. No hay problema.
Se dieron la mano y un fuerte abrazo. Los dos estaban algo nerviosos.
Joao cerró la puerta y echó la llave a las dos cerraduras. Cambió
el ángulo de las láminas de las persianas para que no se viera nada
desde fuera. Puso el cartel de CERRADO. Y pasaron rápidamente
al interior. Tras recorrer varios pasillos llegaron a una pequeña
habitación donde estaba la impresora y fotocopiadora digital.
—No te preocupes por el cartel de la puerta. Es una práctica
frecuente a última hora, cuando hay algún trabajo importante.
Tenemos unos 40 minutos antes de la hora del cierre, a la que
llegarán los vigilantes nocturnos y se conectarán las cámaras
interiores y no sólo las que vigilan todos los accesos. Tranquilo,
la puerta principal todavía no —le dijo Joao para que se hiciera
una rápida idea de la situación.
—Steve, cuando hablamos por teléfono unas semanas atrás me
comentaste que estabas detrás de un asunto muy oscuro de tus amigos
de Alphin Corp. Suelen enviarnos material con bastante
frecuencia. Hace unos días nos llegó esta impresora y fotocopiadora
Stratton 2000, algo antigua pero muy fiable y resistente. Uno
de los primeros modelos digitales con puerto USB. La conectividad a
redes fue desinstalada por los técnicos de la multinacional por
cuestiones de seguridad.
La máquina estaba encendida ya. El periodista abrió la mochila y
sacó su miniportátil de una funda protectora, lo encendió y
conectó el cable al puerto USB de la Stratton. Al cabo de
unos segundos apareció una ventanita en la pantalla del ordenador y
fue revisando el casi centenar de ficheros que contenía. La máquina
tenía guardadas las últimas cien impresiones realizadas antes de
ser enviada al desguace.
Joao se acercó y mirando la pantalla, señaló hacia el final con un
dedo:
—Mira éste, el penúltimo. Quien quiera que fuese debió creer que
como iban a destruir la impresora, no importaba. Al haber quitado el
acceso a Internet, tal vez por eso escapó a las estrictas medidas de
seguridad de la Corporación. He pensado también en la posibilidad
de que un alto directivo perdiese su copia impresa y quizás no
quería comunicarlo al jefe de seguridad de la empresa para evitar
quedar como un estúpido. Así que buscó un lugar apartado donde
sacar su copia antes de que alguien se diese cuenta. Y no sabía que
quedaría registrado en la memoria. Ya sabes que este último año ha
habido muchas reuniones de altísimo nivel en mi país. Todo apunta a
que eligieron la filial de Brasil para tener un encuentro muy, muy
importante hace casi un año. Recuerdo que el Presidente y la
Directora General estuvieron aquí y en Sao Paulo el año pasado. Lo
he comprobado en las hemerotecas de los periódicos locales en
Internet. El nombre del fichero es informe deep mountain.pdf.
Sólo me he atrevido a leer la portada. No quiero saber más, pero me
acordé de ti al ver el logotipo de Alphin Corp y el sello de
ALTO SECRETO.
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