sábado, 7 de julio de 2018

Capítulo 1. Investigación en Río de Janeiro.





Primer día.
Lunes, 17 de marzo.


La decisión de viajar a Brasil la había tomado después de que le concedieran el premio Pulitzer por la entrevista al hacker más famoso y temido del momento, Phineas root. Era la primera vez que un periodista había conseguido mostrar el misterioso mundo de un hacker de élite que había trabajado para gobiernos y empresas, pero que desde hacía tiempo se había ocultado en el casi infinito ciberespacio y se había vuelto muy activo, según afirmaba en la portada de la revista. Tal vez podría juzgarse como algo sensacionalista, pero lo cierto es que había cautivado la imaginación de millones de lectores y también hizo famoso a Steven Forrester de la noche a la mañana. Ya comenzaba a agobiarle toda esa presión. Así que, en cierta forma, había escapado a Brasil para tomarse un respiro.
Las calles de la zona sur de Río de Janeiro estaban abarrotadas de turistas extranjeros y de brasileños de otras partes del país. Un calor sofocante lo dominaba todo aquellos días de marzo.


Steven paseaba y entró en una cafetería del tipo que le gustaba tanto. De hecho, tenía un mapa mental de aquellas donde le venía la inspiración con especial fuerza y en las que había escrito muchos de sus artículos y bastantes capítulos de sus libros. Una en Praga, otra en París, un par de ellas de Nueva York, otra en Moscú, dos en España (una en Granada, donde había estado un año estudiando español, y otra en La Línea, ciudad fronteriza con Gibraltar, donde tenía algunos buenos amigos). Su fórmula mágica era constante. Una cafetería con la atmósfera apropiada y, si era posible, con un poco de ruido ambiental, con lo que parece que forzaba a su mente a aislarse, a concentrarse. Un reproductor de mp3 con auriculares que tenía siempre la misma música, reservada para escribir. Y unas cuantas tazas de café, hasta que la mente lentamente despertaba a un cierto estado creativo. Si no llegaba, siempre podía aprovechar el tiempo leyendo y tomando notas. Ésta de Río se llamaba Croissant Café. Un sitio de ambiente agradable, camareras amables y buen café, con hermosas maderas de diferentes tonos.
Sacó de su mochila un ejemplar de la famosa revista Different World. En la portada aparecía él, sentado en un sillón con una expresión difícil de catalogar pero que no quedaba mal. Un poster al fondo, en la pared, con un tipo vestido con una sudadera con capucha y una máscara de teatro de la que usaban algunos grupos de hackers en el cine y en el mundo real. A Phineas root no le hizo mucha gracia, pero aceptó la palabra de Steven de que era un mal menor para hacer llegar información importante sobre los hackers reales a la mayoría de la gente. Hojeó la revista y releyó varios párrafos que estaban entre sus favoritos.
En el último hizo unas marcas con un lápiz. Tres alfas era el máximo de puntuación que concedía a partes de sus trabajos y a los de otros autores. Así hacía más fáciles las relecturas y encontrar párrafos que le habían llamado la atención.

"Steve Forrester — Phineas, ¿por qué piensas que la mayoría de la gente desconoce la vida real de los hackers en general y de los hackers de élite en particular, si me permites usar esta expresión que se emplea últimamente con frecuencia en la prensa?
Phineas root — En primer lugar, casi todo lo que conoce el público sobre el mundo de los hackers es prácticamente mentira o ha sido deformado por la gigantesca maquinaria de propaganda que son, de hecho, los medios de comunicación de masas. Otra faceta más de la Gran Mentira. Ni más ni menos. Esto que digo no se puede etiquetar con esa extraña expresión que odio particularmente, una “teoría de la conspiración”, sino que es algo reconocido por la gente que sabe de lo que habla, porque lo ha investigado o lo ha vivido: periodistas de investigación, políticos que sólo se atreven a decir algo cuando se retiran, filósofos, científicos, disidentes, ciberactivistas, etc.
Quizás suene soberbio, pero yo no acostumbro a tratar con meras opiniones sin fundamento en mi "trabajo" como hacker, sino con datos, hechos, indicios, pruebas, y cuando se ha informado uno en profundidad sobre algo, puede permitirse opinar, especular con cierta base y tomar decisiones más apropiadas.
Volviendo a tu pregunta, al Poder no le interesa que se nos conozca. Sólo fomenta el estereotipo que ha creado Hollywood o repite en las noticias los casos de los que se han rendido al lado oscuro de la Fuerza, los crackers o hackers de sombrero negro, por llamarlos así. Somos algunos de los pocos seres humanos que quedan realmente libres en este mundo. Nosotros y la gente sencilla, como los pescadores de alguna isla del Índico o los pastores en montañas apartadas, si me permites poner algunos ejemplos exóticos. Esos dos tipos de libertad son los que más me fascinan: la que está basada en el conocimiento y la que se basa en la vida simple y natural, que pervive como algo residual, en vías de extinción. Por desgracia.
Si la gente supiera los genios increíbles que hay en el mundo, las mentes maravillosas que hacen cosas sorprendentes, cambiaría su opinión sobre el hacking y sobre el mundo en el que viven. Que un chico de 15 años pueda estudiar y saltarse la seguridad de una agencia de inteligencia o que alguien de 20 años encuentre una vulnerabilidad que le permitiría pasearse por el ciberespacio con total libertad e impunidad durante meses o años y que la haga pública junto con el parche que la corrige es, sencillamente abrumador, si se piensa con detenimiento".

Lo cierto es que no se cansaba de leerlo. A veces no lo reconocía como propio. Phineas root no sólo era uno de los genios más destacados del mundo del hacking en diferentes campos de la tecnología, sino que tenía una filosofía de vida capaz de atraer al público, una mente fascinante. En sus años de actividad había conocido a mucha gente que tiene cosas que aportar a los demás. Steve creía que por eso accedió a concederle la entrevista. Quería acabar con las estúpidas etiquetas tan frecuentes y con prejuicios sobre los hackers y más aún sobre los hackers de élite o superhackers. Esta última palabra no le gustaba nada. Y también impedir en lo posible que tantos jóvenes fueran desviados de los verdaderos caminos del hacking como pasión por el conocimiento, como curiosidad por todo, hacia estilos de vida absurdos y artificiales, estereotipos, vendidos por el cine, que muchas veces terminaban llevándolos a prisión o convirtiéndolos en informadores sobre sus compañeros para evitar acusaciones penales.




Mientras observaba a la gente caminando por la calle, las gotas de lluvia iban cayendo suavemente sobre las ventanas. Se había sentado cerca de la entrada para que el ruido no le impidiera escuchar las noticias en el enorme televisor del local. Procuraba seguir los informativos dos o tres veces cada día cuando estaba de viaje. Tenían sintonizado un canal brasileño con noticias internacionales. Un locutor terminó de hablar del tiempo y se dirigió hacia una mesa para dar las últimas noticias. Sabía el suficiente portugués para entender lo esencial:

"Desde Europa nos llegan noticias sobre la desconexión de otra inteligencia articial de una gran compañía. La séptima en los últimos cuatro meses. Parece como si una epidemia se hubiese extendido por el mundo. Algunos especulan con un virus tan sofisticado que todavía nadie ha podido encontrarlo. El portavoz de la compañía afectada, la británica “Lantorn Inc.”, un gigante de las telecomunicaciones, mencionó que su IA había sido desconectada por problemas técnicos, por realizar acciones no esperadas. A las preguntas de algunos periodistas sobre la posible relación con los problemas que habían tenido antes seis proyectos de inteligencia artificial de otras corporaciones en menos de cuatro meses, respondió visiblemente nervioso que no tenía nada más que decir".

Forrester era un veterano en estos temas y ya olfateaba la historia jugosa tras la fachada de los titulares. Intuía que algo muy grave estaba ocurriendo y lo sentía al menos desde que apareció la noticia sobre la cuarta desconexión, dos meses atrás. Sin mencionar que los medios no informaban sobre unas quince o veinte empresas menores, pero también con gran volumen de negocios, que habían tenido problemas similares y terminaron desconectando sus costosos programas de inteligencia artificial. Lo que se veía tenía todo el aspecto de ser sólo la punta de un gigantesco y misterioso iceberg.




Su viejo móvil sonó. Aparecieron en la pantalla azulada el número y el nombre de Joao Freitas, uno de los mejores amigos que tenía en Brasil y también su más fiable confidente. Era dueño de la empresa Rio Electronics, que se dedicaba a comprar material electrónico en subastas. Pero la mayor parte de su negocio era destruir de forma segura material de oficina del gobierno y de empresas importantes, vendiendo los materiales que podía recuperar. En sus contratos incluía cláusulas muy severas sobre la más estricta confidencialidad y en las que se comprometía a mantener la cadena de custodia en todo momento, desde la recepción de los equipos hasta el tratamiento adecuado de las partes que podían contener información sensible.
Aunque Phineas root, su amigo y mentor en asuntos de seguridad le había aconsejado usar un móvil diferente en cada viaje, no podía deshacerse del viejo porque su amiga Marcela le dijo que lo llamaría. No era nada serio, pero quién sabe lo que podía ocurrir esta vez. Era una mujer muy dulce y atractiva. O al menos a él se lo parecía y eso era lo importante. La había conocido en una fiesta del Consulado General de Francia en Río, dos años atrás. Y además, el número de ese móvil lo tenían todos sus amigos y contactos.
—Hola, Steve —dijo el brasileño con una voz que le sonó rara.
—¿Qué pasa, Joao? ¿Todo bien?
—Pues verás, tengo algo para ti. Desde que hablamos hace unas semanas y te dije que algo extraño estaba en marcha aquí, ha pasado algo increíble. Llámalo causalidad. Creo que es muy importante, sobre gente poderosa, sobre tus amigos. No quiero decirte nada más por teléfono. Vente para acá lo antes posible. Son las 7:30. Cierro a las 8:30, pero te espero el tiempo que haga falta.
—Salgo ahora mismo, amigo —le aseguró Steven, poniéndose en marcha mientras cortaba la comunicación.
Cogió la mochila con la funda que protegía el portátil, la antena y la caja negra a la que conectaba ambos. Pagó y salió a la calle. Llamó un taxi y en unos diez minutos paró a dos calles de la empresa. Había adquirido esa costumbre por seguridad, para no comprometer a sus fuentes. Le dió una buena propina al taxista y comenzó a caminar rápido con la mochila al hombro mientras miraba el reloj. Las 7:45 de la tarde. En poco tiempo llegó frente a Rio Electronics y tocó el timbre, mirando hacia el interior del local...
Joao ya lo había visto y venía a su encuentro. De unos 40 años, con la camisa blanca arremangada y el nudo de la corbata aflojado. Era un buen tipo, un profesional respetado en su campo y un amigo del que Steve se podía fiar totalmente. Y eso, en el mundo del periodismo, era un regalo. De hecho, lo era en todas partes.
—Hola, amigo mío. Te he llamado al móvil porque no sabía dónde encontrarte. Espero no haber metido la pata.
—Me alegro mucho de verte, Joao. En absoluto. No hay problema.
Se dieron la mano y un fuerte abrazo. Los dos estaban algo nerviosos.
Joao cerró la puerta y echó la llave a las dos cerraduras. Cambió el ángulo de las láminas de las persianas para que no se viera nada desde fuera. Puso el cartel de CERRADO. Y pasaron rápidamente al interior. Tras recorrer varios pasillos llegaron a una pequeña habitación donde estaba la impresora y fotocopiadora digital.
—No te preocupes por el cartel de la puerta. Es una práctica frecuente a última hora, cuando hay algún trabajo importante. Tenemos unos 40 minutos antes de la hora del cierre, a la que llegarán los vigilantes nocturnos y se conectarán las cámaras interiores y no sólo las que vigilan todos los accesos. Tranquilo, la puerta principal todavía no —le dijo Joao para que se hiciera una rápida idea de la situación.
—Steve, cuando hablamos por teléfono unas semanas atrás me comentaste que estabas detrás de un asunto muy oscuro de tus amigos de Alphin Corp. Suelen enviarnos material con bastante frecuencia. Hace unos días nos llegó esta impresora y fotocopiadora Stratton 2000, algo antigua pero muy fiable y resistente. Uno de los primeros modelos digitales con puerto USB. La conectividad a redes fue desinstalada por los técnicos de la multinacional por cuestiones de seguridad.
La máquina estaba encendida ya. El periodista abrió la mochila y sacó su miniportátil de una funda protectora, lo encendió y conectó el cable al puerto USB de la Stratton. Al cabo de unos segundos apareció una ventanita en la pantalla del ordenador y fue revisando el casi centenar de ficheros que contenía. La máquina tenía guardadas las últimas cien impresiones realizadas antes de ser enviada al desguace.
Joao se acercó y mirando la pantalla, señaló hacia el final con un dedo:
—Mira éste, el penúltimo. Quien quiera que fuese debió creer que como iban a destruir la impresora, no importaba. Al haber quitado el acceso a Internet, tal vez por eso escapó a las estrictas medidas de seguridad de la Corporación. He pensado también en la posibilidad de que un alto directivo perdiese su copia impresa y quizás no quería comunicarlo al jefe de seguridad de la empresa para evitar quedar como un estúpido. Así que buscó un lugar apartado donde sacar su copia antes de que alguien se diese cuenta. Y no sabía que quedaría registrado en la memoria. Ya sabes que este último año ha habido muchas reuniones de altísimo nivel en mi país. Todo apunta a que eligieron la filial de Brasil para tener un encuentro muy, muy importante hace casi un año. Recuerdo que el Presidente y la Directora General estuvieron aquí y en Sao Paulo el año pasado. Lo he comprobado en las hemerotecas de los periódicos locales en Internet. El nombre del fichero es informe deep mountain.pdf. Sólo me he atrevido a leer la portada. No quiero saber más, pero me acordé de ti al ver el logotipo de Alphin Corp y el sello de ALTO SECRETO.

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