Segundo día.
Martes, 18 de marzo.
Un ruido en la calle lo sacó del profundo sueño en el que había
caído después de pasar casi toda la noche sentado frente a sus
ordenadores. Poco a poco, Matt -o Savage- sintió la
incomodidad de su almohada accidental, un teclado.
Empezaba a recordar que su amigo Gordon Jackson, más conocido como
Maverick Jack, había perdido la conexión. Estaba cerca de la
valla exterior del complejo de la todopoderosa DSA (Digital
Security Agency), construido por Alphin Corp en las
afueras de Deep Mountain, en Utah. Savage y Maverick
intentaban captar y grabar comunicaciones, preferiblemente con
cifrado débil o sin cifrar por algún fallo en una de las
principales bases de datos de la gigantesca Matrix que estaban
creando en su país. El hecho de estar recién estrenada hacía
posible más fallos inesperados. Para el movimiento criptoanarquista
al que pertenecía Gordon, ya hacía tiempo que era imposible trazar
una línea divisoria entre gobiernos y corporaciones.
Lo último que recordaba sucedió sobre la una de la madrugada. En
una conexión de mensajería cifrada se habían enviado algunos
mensajes:
—Hola, Maverick. Cuando tengas la primera grabación, la
subes al servidor de Tonga.
—Claro, Savage. No hay problema.
Y tras varios minutos intercambiando información para mejorar la
captación de la señal que estaban pirateando, la comunicación
entre los dos se cortó. Y ya no pudo restablecerla por ningún canal
habitual.
Matt miró la pantalla de un portátil donde tenía sus principales
cuentas de correo en máquinas virtuales y con todo el tráfico
forzado a circular a través de túneles de redes oscuras seguras y
cifradas, de extremo a extremo. Varias veces al día, a diferentes
horas, se conectaba con el servidor que recogía todos sus correos y
mensajes, usando proxies de mucha calidad y fiables. Pero no había
nada más.
Algunas veces era Robin root, pero su apodo habitual como
hacker era Savage o Dot Savage cuando firmaba algún
trabajo o se registraba en ciertos sitios. Sus amigos le llamaban,
medio en broma medio en serio, Tron2. Pero a él no le
gustaba. Respetaba demasiado la memoria de Boris Floricic, en su
opinión, uno de los mejores hackers conocidos de la Historia. A los
14 años Matt había tenido problemas con la Justicia, que se
resolvieron con 600 horas de trabajo comunitario y un año sin acceso
a ordenadores ni conexión a Internet. El motivo fue la típica
entrada en el servidor de su Instituto y la alteración de las notas
de la mayoría de sus compañeros. Aquello supuso un castigo muy
molesto, sobre todo como gamer, pero también hizo posible una
reflexión sobre su vida y su forma de entender el hacking. El juez
dijo en la sentencia que al no haber ánimo de lucro ni destrucción
de propiedad, así como por la falta de antecedentes y por los
informes favorables de sus profesores y compañeros, había moderado
la condena. A partir de entonces evitó cualquier acción que no
estuviese justificada y meticulosamente planeada. Se acabó su
anterior forma inconsciente de ver el hacking. Aprovechó aquel año
para madurar y para estudiar mil cosas: programación, redes TCP/IP,
pentesting, administración de UNIX, criptografía de curva
elíptica y prácticamente todo lo que pudo conseguir sobre Linux.
Todo lo
relacionado con la posibilidad de anonimato en el ciberespacio era
para él casi una obsesión. Y comenzó a profundizar
sobre la que se convertiría en su principal pasión: la inteligencia
artificial.
La otra pasión la mantenía en secreto y sólo la usaba para los
asuntos más importantes: la retroinformática para su ZX Spectrum
capaz de conexión a Internet. A partir de modelos del Este de Europa
adquiridos por trueque o comprados usando criptomonedas en darknets
y de los trabajos de Dylan Winston Smith (sobre todo, su
genial Spectranet), había conseguido un speccy muy
poderoso y capaz de hacer cosas impensables debido a ciertas
peculiaridades de la criatura de Clive Sinclair a la hora de viajar
por Internet. Gracias a los escritos de +ORC y de Fravia sobre
cracking, y a la necesidad de programar en ensamblador y retocar
muchas cosas para su Spectrum, había aprendido a fondo sobre
el hardware y la programación.
Estaba realmente preocupado. Buscó una vez más en todos los sitios
donde contactaban desde hacía tres años. Y nada.
Unas horas después se quedó dormido, totalmente agotado por el
intenso esfuerzo de la última semana.
Después de unas horas de sueño, se levantó y fue casi a cámara
lenta hasta el cuarto de baño. La ducha y el café lo espabilaron lo
necesario para comenzar el día. Su madre estaba algo triste, aunque
dominaba bien sus sentimientos. Era la primera vez que Matt se iba de
casa más de diez o quince días. El año anterior había viajado a
Hamburgo, en Alemania. Al Congreso organizado por el Chaos
Computer Club. Estuvo fuera siete días.
Matthew le dio un beso y terminó el desayuno. No comentó nada sobre
la marcha a San Francisco para estudiar en el Instituto Hauer de
Informática, uno de los
centros más prestigiosos y no demasiado conocidos del mundo. La
mayoría de la gente, incluso del mundo de la informática, no sabía
que tenían un acuerdo especial y único con Berkeley y con el MIT,
en Massachussetts. Le habían concedido una beca de la Fundación
Johann Smith por su aporte a una nueva arquitectura más
eficiente de trabajo de procesadores realmente en paralelo que
suponía un gran avance para el desarrollo futuro de la Inteligencia
Artificial y en el sueño de conseguir superar el test de Turing y
lograr la singularidad tecnológica, si es que alguna vez era
posible tal cosa. Algo que él explicó de forma tan sencilla en su
solicitud de ingreso en el Instituto.
Se reducía a que un ser humano no fuera capaz de saber si el
interlocutor al otro lado era humano o máquina y al desarrollo de
decisiones complejas y autónomas, de autoconciencia como la mayoría
de los seres humanos. Su caso era único. Ningún creador,
desarrollador destacado del mundo de la Inteligencia Artificial era
tan joven… y respetado por sus colegas. Mantenía contacto regular
con algunos de ellos mediante correo electrónico, listas de mensajes
y otros medios. Además, participaba activamente en el desarrollo de
una inteligencia artificial de código abierto, como lo era también
GNU/Linux.
El servidor y la red social de los estudiantes del Instituto tenía
uno de los niveles de seguridad más altos del mundo. Quería
aprender, y aprender mucho. También compartir sus trabajos.
Mejorarlos. De eso trataba ser hacker.
Le sorprendió un mensaje en un servidor de la isla Capitana, un
pequeño país en el Caribe. En las islas de Sotavento. Aunque en
muchos mapas no aparecía ni siquiera el nombre. Allí un grupo de
millonarios y técnicos de altísimo nivel había creado un paraíso
para la élite hacker del mundo entero. Sólo se aceptaban nuevos
usuarios avalados por otro que ya lo fuera y que se hacía
responsable de su comportamiento ante la comunidad. Además sólo se
permitían conexiones con características predeterminadas por ellos.
Era extremadamente seguro y opaco para el mundo exterior, incluidas
las agencias de inteligencia. Tenían servicios con diferentes
niveles de seguridad y anonimato. Los más potentes, sólo reservados
a unos pocos centenares de usuarios en todo el mundo.
Después de haber terminado con éxito ocho pruebas de capacidad,
parecidas a aquellas que años atrás habían cautivado a los
aficionados a los retos con el nombre de Cicada 3301, Matt
recibió un mensaje felicitándolo y en el que le invitaban a una
reunión en el mundo real, en una dirección concreta. Un sitio con
nombre español llamado Tornasol, en San Francisco. El jueves,
20 de marzo, a las 5 de la tarde.
Las pruebas que más le había costado completar fueron las de
criptoanálisis y estegoanálisis. Las fotos que usaron eran muy
dificiles de resolver. Pero con algunas horas de intenso trabajo
consiguió sacar los mensajes en claro, que a su vez le llevaron a
otras pruebas y al final del reto.
Preparó la mochila con su portátil, el cable con el cargador, una
batería de repuesto, su caja de conexión muy trabajada y una antena
hecha por él mismo. Y la dejó junto a su equipaje de mano.
Se fue al salón y se sentó un rato con su familia. Comentaron cosas
triviales hasta la hora de la partida.
Dos días antes
El ingeniero jefe del proyecto se sentó una vez más ante la consola
principal. Volvió a teclear las instrucciones directas a la
inteligencia artificial de la compañía. Lantorn Inc. llevaba
invertidos cientos de millones de libras en este programa. Pero no
consiguió respuesta alguna. Las órdenes verbales habían sido
ignoradas en cuanto se le dijo que iba a ser desconectada.
Las seis corporaciones que habían tenido que eliminar sus proyectos
en los cuatro meses anteriores habían afrontado problemas similares.
Casi la misma secuencia de acontecimientos. Parece como si un virus
muy difícil de detectar hubiese alterado los algoritmos y por tanto
el comportamiento normal de estas inteligencias tan avanzadas y
extremadamente costosas. Siempre tras su conexión a grandes bases de
datos o a Internet.
Jack Stimson sacó su móvil y telefoneó al presidente, que se
encontraba en otro continente.
—Hola, Jack. Dígame.
—Buenas tardes, señor. No le voy a dar buenas noticias. Nos ha
tocado a nosotros. Nuestra inteligencia artificial está afectada por
el mismo mal que las seis anteriores. Ahora mismo se está
defendiendo de nosotros y ha bloqueado el acceso por teclado y por
voz. Reproduce textos incoherentes, fragmentos de noticias. Ha
comenzado a cifrar partes de sí misma y a formatear otras.
—Pero, ¿qué ha ocurrido, Jack? Ayer todo estaba bien.
—Todo sucedió casi sin tiempo para reaccionar, después de la
necesaria conexión a Internet. No vamos a tener más remedio que
desconectarla. Posiblemente la perdamos. Tendremos que empezar de
nuevo.
—Adelante, Jack. Procure que los daños sean los mínimos posibles.
Llámeme cuando haya terminado todo.
Los expertos de la compañía se sentían impotentes y tuvieron que
desconectar la inteligencia artificial cortándole la corriente
eléctrica y arrancándole literalmente las baterías para impedir
que su locura fuese más lejos.
La luz que entraba al atardecer por la ventana ya no era suficiente.
Así que el hombre encendió una lámpara junto al sillón y cogió
un libro de la mesita que tenía cerca. La encuadernación era buena,
hecha a mano. La impresión, bastante profesional, sin una errata en
todo el texto. Sostuvo el libro sobre sus piernas como si estuviera
sopesándolo o valorándolo por su fama en ciertos círculos y por
ser tan difícil de conseguir.
Se trataba de una edición facsímil muy minuciosa en los detalles.
Parece que en la primera edición de 1981, el autor firmaba con un
seudónimo bastante apropiado: Emmanuel Goldstein. En la
portada, con una tipografía que imitaba las antiguas publicaciones
clandestinas, pudo leer:
«Manual de desprogramación
sectaria para disidentes
por Oleg Kemudian
Ediciones Soyuz
Moscú. 1983».
No tenía índice y los breves capítulos se indicaban con un número
cardinal y un título:
«El estudio sistemático de la
psicología de masas reveló a sus estudiosos las posibilidades de un
gobierno invisible de la sociedad mediante la manipulación de los
motivos que impulsan las acciones del hombre en el seno de un grupo".
Edward Bernays. Propaganda
(1928).
"…estamos entrando en el
reino del puro poder. ¡Yo os suplico! ¡No adornéis vuestras fustas
con violetas! Grande y hermosa es vuestra misión de acostumbrar de
tal manera a los hombres a sus cadenas, que las tomen por el abrazo
acariciador de una madre”.
Ilya Ehrenburg. Jurenito
(1921).
1
El tema de estudio
En el mundo actual muchos
disidentes activos y otros más que podrían serlo alguna vez, vagan
perdidos en el laberinto diseñado para los espíritus descontentos
por los ingenieros de almas e ingenieros sociales que sirven al
Sistema y a la Gran Mentira.
Hace años pudimos leer una
copia a máquina de la obra del psiquiatra Gluzman y del activista
Bukovsky titulada "Manual de psiquiatría para disidentes",
escrita en ruso en 1974 y publicada en ruso y en inglés en 1975, en
edición clandestina del Samizdat.
Aunque la obra de Gluzman y
Bukovsky plantea un asunto importante, ofrece una perspectiva
reducida en comparación con el objeto de nuestro estudio aquí. En
lugar del abuso político y criminal de la psiquiatría con fines
represivos en nuestro país, la URSS, lo que nosotros nos planteamos
es una visión del mundo entero como un enorme campo de
experimentación, un laboratorio de pruebas psicológicas y para el
modelado de la percepción y del comportamiento de individuos, grupos
sociales y generacionales.
En este caso, no sólo
abordaremos el uso ilegítimo de la manipulación de las mentes
llevada a cabo por el poder, sino que analizaremos las posibles
estrategias de los gobernados para defenderse.
Cada época tiene sus luces y
sombras, mitos, prejuicios, inquisiciones, demonios, marginados,
tabúes…
El fin último del sistema
actual se dirige a la creación de un "mundo", un “paisaje
mental” en el interior de las mentes de los ciudadanos y a su
manipulación constante de forma que no sea percibido o si lo es, el
individuo no tenga herramientas intelectuales ni emocionales para
defenderse. Aquella frase de que los campos de batalla del futuro
estarán en el interior de nuestras cabezas se ha vuelto total y
terriblemente actual.
Esto es lo más parecido a una
secta destructiva que podemos imaginar. Por tanto, estaríamos
adentrándonos a gran velocidad en un futuro en el que la violación
de las mentes, de los espíritus, a través de la propaganda y de la
publicidad será, más todavía, la norma. Y además, lo será hasta
límites insospechados.
Un caso típico es el famoso
programa “MKUltra” que habría llevado a cabo la CIA en los
Estados Unidos entre los años 50 y 70 del siglo XX, sobre el control
psicológico y social a través de interrogatorios con drogas,
privación del sueño, experimentos sobre sujetos que desconocían
que estaban siendo sometidos a tales pruebas, etc. El caso más
famoso quizás sea el de la experimentación con LSD en transportes
públicos y sobre civiles y militares norteamericanos que ni lo
sabían ni habían dado su consentimiento. Una de las víctimas
habría saltado desde una ventana a gran altura creyendo en su
alucinación que estaba a ras del suelo.
Durante mucho tiempo toda la
información que circulaba sobre este tema fue relegada a círculos
un tanto extravagantes, en los que se mezclaba con noticias
sensacionalistas o disparatadas, perdiendo gran parte de la
credibilidad ante la opinión pública. Habría sido etiquetada como
“teoría de la conspiración”, término creado por la propia CIA
para desprestigiar ciertas investigaciones, especialmente las
críticas a la “Comisión Warren” sobre el magnicidio del
Presidente Kennedy. Pero en los años 70 fueron liberados documentos
y examinados por el Senado de los EE.UU., a pesar de que la mayor
parte de la documentación había sido destruida antes por orden del
director de la Central. En ese momento pasó a ser asunto serio para
los historiadores y periodistas, pero para el gran público continuó
siendo una fantasía conspirativa.
Las víctimas del programa
“MKUltra”, fuera cual fuese su naturaleza (que no es el fin de
este escrito), estaban indefensas porque desconocían que eran objeto
de tal experimento y porque carecían de la formación y de los
medios necesarios para contrarrestarlo.
2
Las sectas destructivas.
El control que desean los
gobiernos totalitarios (y los que tienen sólo una fachada
democrática) sobre sus ciudadanos se parece mucho al que ejercen las
sectas destructivas sobre sus seguidores».
Dejó de leer. Cerró el libro colocando un separador dentro. Le
gustaba bastante y lo continuaría en cuanto tuviese tiempo libre, un
rato para relajarse. Lo que no ocurría últimamente con demasiada
frecuencia.
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